Al otro lado del teléfono, Anáhí preguntaba por mí incansablemente. No me había dado cuenta del tiempo que llevaba enredando en mis pensamientos.
-"¡Perdona! Ha llamado mi madre para que vaya a cenar."
+"Y...¿te apetece?"
-"No mucho"
+"Ya imaginaba, llevo sin comer y sin cenar todos estos días... Casi todo lo que como lo vomito por los nervios. ¡Es horrible!"
-"Yo no pruebo bocado, y si lo hago es para que mi madre no lo pase peor. Pero la verdad es que me paso la hora de la comida, moviéndola con el tenedor para acá y para allá."
+"Hago lo mismo..."
Mi madre volvió a irrumpir en la estancia, esta vez con muy mal humor:
+"¿¡Quieres bajar de una vez!? ¡Sé que la comida precocinada no es lo mejor, pero va a ser lo que tengas durante estos días, no tengo suficientes fuerzas como para pasarme todo el día cocinando como una puta esclava!" -Dijo entre voces.
-"Lo siento, mamá. No volverá a repetirse, es que... estoy hablando aún con Anahí, pero ya cuelgo. De verdad que lo siento."
Agarré el teléfono con fuerza y me despedí de Anahí:
-"Anahí, debo cenar de una vez. Mañana si te apetece, podríamos volver ha hablar. Que pases buena noche."
+"Claro. Mañana te llamaré, y si ves que no te llamo, llámame tú. Que descanses."
-"Lo intentaré" -Dije mientras pulsaba la tecla de colgar y miraba a mi madre mientras se desprendía una lágrima de mi mejilla.
+"Lo siento, cariño. No debería haberte hablado así. Tú no tienes la culpa... Son tus tíos que me están atacando, no paran de hablar de él y no puedo más, odio que lo hagan. ¡Solo hace tres días y hablan de él como si hubiera pasado un año!"
-"Perdona, debería haber estado con vosotros abajo para ayudarte a llevar todo esto, he sido muy egoista."
+"No, no lo has sido. Tienes dieciocho años, eres muy joven para tener que enfrentarte a todas estas cosas... Y ahora te toca hacerlo, así que te entiendo mejor que nadie, cariño." -Dijo mientras se sentaba a mi lado en la cama.
Bien sabía que me entendía mejor que nadie, mi madre había perdido a su hermano mayor hacía 3 años y yo sabía que aún no lo había superado. Y perder ahora a un hijo... ¡a un hijo! Sangre de tu sangre. Era lo más doloroso. Los padres no tienen que enterrar a los hijos, por duro que sea para nosotros cuando nos hacemos mayores, somos nosotros los que debemos enterrarles.
Lo peor de todo era que solo faltaban dos semanas para el aniversario de la muerte de su hermano, no sabía muy bien cómo iba a afectarle eso.
-"Ya mamá pero... no te quiero dejar sola con esto. Asi que voy a bajar abajo, voy a saludar a todos y me voy a comer esa...estupenda comida precocinada."
+"Estupenda, ¿eh? Ya veo... Mañana si quieres, podrías ayudarme con la comida."
-"Me parecerá bien." -Dije emitiendo una leve sonrisa por primera vez.
Bajamos a cenar y nos sentamos en la vieja mesa de madera que había sido replegada para que cupieran todos los comensales, mi familia, que hoy nos acompañaba por la desgracia que nos había acaecido.
Mis tios no paraban de hablar de mi hermano como si ya hubiera pasado un año desde su muerte, no paraban de recordar lo feliz que era jugando y corriendo cuando aún era niño, supongo que por qué en lo más profundo de su ser, pensaban que debía ser realmente infeliz para que sus actos le llevaran a suicidarse.
Me daba realmente igual lo que pensaran, aunque me dolía. Yo sabía que mi hermano era feliz, no sé qué le había pasado para que llegara hasta ese extremo, pero si sé que quería averiguarlo.
Mis padres y yo estábamos deseando que terminara la cena, que cayera una bomba encima de mi casa, que mis tios quedaran mudos para la eternidad o que ocurriera un holocausto nuclear y mis tios dejaran de hablar de mi pobre hermano.
Que la cena terminara fue un auténtico alivio. En cuanto me levanté para recoger mi plato me sentí más mitigada, como si dejar de oír a mis tios hubiera supuesto quitarme una carga de mil toneladas.
En cuanto pude, salí corriendo a mi habitación para encerrarme a llorar hasta que la luz del Sol entrara por mi ventana la mañana siguiente, despertándome de mi ensoñaciones y devolviéndome a esta vida triste, a la cual yo no quería pertenecer.
Y así hice, me pasé la noche entre lágrimas y sábanas, pensando en solo una cosa...mi hermano.
A la mañana siguiente, no fue solo el Sol lo que me animó a salir de la cama, mi madre estaba al otro lado aporreando la puerta diciéndome que tenía que desayunar.
Me levanté con bastante pasimonia, pensando que abajo me esperaba un enorme tazón de leche acompañado de pesadas charlas con mis tios.
El desayuno fue un poco más tranquilo, nadie dijo nada, ni emitió ningún suspiro, ni un solo murmullo, nada. Eso era justo lo que esperaba, el silencio total que acompañaba mis pensamientos bañados en un gran tazón de leche de Minni Mouse que pertenecía a mi infancia, la etapa más feliz de mi vida.
Una vez que había terminado de desayunar y de prepararme me fui a la universidad. Como cada mañana, ahí estaba yo, esperando a que el tren entrara en el andén, en cambio sabía que no era igual que cada mañana, que las cosas habían cambiado, y no había forma de solucionarlo.
Alberto se acercó a saludarme, era la primera vez que él se dirigía a mí, solía ocurrir el caso contrario. Me miró de arriba a bajo, según creo, estaba comprobando que todo estaba en orden. Pero, ¿qué me podría haber pasado? Y, ¿en qué pensaba? ¿En el pantalón desabrochado, en la sudadera del revés, en un calcetín de cada color, tal vez en un zapato desigual? Quizás aún fuera más extremista y quisiera comprobar si mi cuerpo seguía en orden, si seguía teniendo manos, brazos, piernas...
La cosa es que escudriñaba cada ápice de mi ser como si fuera algo nuevo en la humanidad, una novedad, un espécimen acabado de descubrir.
Las palabras salieron de su boca como si hubieran sido exprimidas y comprimidas, creo que el "hola" que escuché cuando se acercó a mí, fue, realmente, el saludo más largo que había escuchado nunca. Era como si le costara entonar los fonemas.
Sabía la causa de este comportamiento, sentía pena, pena de mí y mi desgraciada existencia. Tal vez se preguntaba qué haría ahora que mi hermano había partido en un navío que no permitía billete de vuelta, qué haría ahora con el resto de mi existencia.
Era demasiado incómodo, incluso para mí, la reina de las situaciones incómodas. Estaba llegando a mi límite. En cierto modo quería desplomarme en el suelo y echar a llorar, pero no, eso de montar espectáculos en público, definitivamente no era lo mío.
Y bien, ¡por fin la conversación llegó a su punto álgido! Al momento que, según creo, Alberto estaba esperando desde que me había visto:
+¿Qué tal estás con lo de tu hermano?- Preguntó dubitativo. Aún sigo preguntándome cómo se puede cargar alguien una conversación con tan pocas palabras.
-Bueno, digamos que he tenido días mejores. -Emití casi sin pensarlo, intentando con todas mis fuerzas contraer la lágrima que casi asoma ya por mi mejilla.
+Entiendo. Quiero que sepas que estoy a tu entera disposición, de lunes a domingo, a cualquier hora del día, para todo lo que quieras. -Logró pronunciar con la mayor sinceridad del mundo.
-¡Oh qué bien! ¿¡Vas a ser mi gigoló europeo!? Me encantará que te pases por casa de vez en cuando. -Anuncié lo suficientemente irritada como para que incluso me pidiera perdón.
+Lo siento, de verdad que lo siento. Yo...debería haber hecho algo. Entiendo que me odies, puedes pegarme todo lo que quieras, no opondré resistencia. Merezco todo aquello que hayas juzgado como mi castigo. Siento no haberte llamado. -Sus palabras cayeron en mí como olas de puñales, un maremoto, sí, un maremoto lleno de los filamentos más afilados que pudiera imaginar.
-No, no tienes que pedir perdón por nada, no tienes la culpa. Estas...circunstancias... La mayoría de las veces no se sabe como evitarlas, y menos si no las ves venir.
+Aún así debería haberte llamado.
-No hacía falta, no he tenido ganas de hablar con nadie en estos últimos días.
+No sé, creo que nada de lo que me digas me va a hacer sentirme mejor persona hoy.
-Solo digo que no podías hacer nada, ni tú, ni yo, ni nadie, y cuanto más tardemos en darnos cuenta de ello, más difícil será afrontar esta situación.
+Ya, pero yo era su amigo, su mejor amigo, y en ningún momento entreví sus intenciones. Además no he sido capaz de mediar palabra contigo, siendo tú casi como mi propia hermana.
-¡Eeeh! No pasa nada, ¡no te tortures más! Levanta la cabeza y mira hacia adelante.
+Debería ser yo quien dijera eso. No sé cómo hacer las cosas. -Analizó bajando los ojos, avergonzado.
-No pasa nada. No sé qué haría yo en tu lugar.
+Yo si sé que haría en el tuyo, me derrumbaría, ahora, aquí mismo, me pondría a llorar como si mi vida dependiera de ello, de cuantas lágrimas fuera capaz de derramar por segundo. No sé cómo puedes estar tan entera.
-Intento no pensar, dejar la mente en blanco, pero me es imposible, así que me paso el día consumiendo lágrimas en mi interior, esperando que llegue el momento oportuno para soltarlas de golpe. Suelen ser las noches, a veces cuando me ducho, cuando me cepillo el pelo, cuando me quedo mirando por la ventana de la habitación extasiada, cuando paso por su habitación al ir al baño o al bajar las escaleras. Pero sola, siempre es cuando estoy sola. No quiero que nadie se compadezca de mi desdicha.
+Tal vez he sido demasiado rudo contigo. Debería callarme de vez en cuando.
-Todos deberíamos aprender a callar algunas veces. Está mi familia en casa y...la verdad es que es imposible concentrarme en continuar con mi vida escuchándoles todo el día hablando de mi hermano.
+¿Está tu tio Carl?
-¡Claro! No podría estar en otro sitio ahora.
+Vaya...le quería mucho.
-¡Y le quiere! Él debe ser el único normal de mi familia, no habla de mi hermano, reserva sus lágrimas para los momentos de soledad, se pasea como un ánima...
+Sigue siendo tan correcto como siempre.
-Sí, lo que te digo, el único normal.
+Probablemente tus tíos no sepan como desenvolverse y solo intentan ayudar.
-Lo sé, estoy siendo muy crítica con ellos. Deberían entender que es muy duro tenerle presente en todo momento, sé que no es una justificación para que reproche sus intentos por ayudarnos. No sé, intentaré tomar otro camino.
+Podría ir a tu casa a comer. Te serviría para distraerte y enfocar tus pensamientos hacia otra dirección.
-Bueno, que estés en mi casa me recuerda el hecho de que mi hermano no está.
+Sí, pero también puedo distraerte, te puedo contar muchas cosas sobre leyes aburridas, artículos, fundamentos, tengo un montón de clases que tratan sobre ello.
-¡Estoy segura de que eso me animará! ¿Sabes de alguna ley que se vaya a votar futuramente en el parlamento?
+Bueno, hace poco se decidió que la eutanasia no debería ser aprobada en nuestro país.
-Mmmm, es un tema muy recurrente. ¡Prepáratelo! Hoy va a ser nuestro tema central de conversación, piensa en algún tema más que sea polémico. Concentraremos la comida en debates sociales.
+Me parece bien. Espero ser de ayuda.
-Yo también. ¿Estarás a la altura de las circunstancias? Te advierto de que mis tíos pueden sacar el tema de mi hermano hasta hablando de la pintura del baño.
+Lo conseguiré, tengo mucha solvencia desenvolviéndome en temas complicados.
-Serás un buen abogado.
+Gracias.
Definitivamente fue la conversación más animada que tuve desde la muerte mi hermano. Alberto después decidió acompañarme a clase, y hasta consiguió sacarme una sonrisa. Pensé incluso en que se podría convertir en mi gran apoyo del momento.
Muy buena entrada :) Te deja con ganas de leer más!
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