Aunque he dejado este relato para el final de la noche,
intentando aparcarlo e incluso no llegar a escribirlo. Sin quererlo, sin
comunicárselo antes a mi cerebro, me he sentado en frente de la pantalla y mis
manos, como si pensaran a través de mi corazón, se han propuesto escribir estas
letras, recordar esta historia.
De esto hace ya unos siglos en tiempo ficticio, el tiempo
condicionado por mi corazón, pero en tiempo real, hace solo dos años.
Yo estaba echa un manojo de nervios, sujetando, en una mano
aquel regalo de cumpleaños improvisado y en la otra todas mis emociones
encontradas.
Esperaba que llegaras con el ansia de quien quiere hacer
todo a la vez y no hace nada. No paraba de mirar el reloj y de titubear una y
otra vez si la decisión que había tomado era la acertada o caería de nuevo en
un craso error.
Entonces apareciste tú, como de la nada, como si no te
llevara esperando más de quince minutos y me miraste como siempre quise que lo
hicieras. Me deslumbraste con tus centelleantes ojos y miraste mi pastelito
coronado con una vela de andar por casa, de esas que sobran en los cumpleaños y
guardan las madres por si acaso. Sonreíste, pero no una sonrisa pequeña y
desdibujada, sino una real, una de esas que calan la piel.
Te grité: ¡Sorpresa! Y entonces solo pudiste mirarme, te
paraste en seco y me miraste directamente a los ojos, buscando mi alma. Te
mostré el pastel y la vela encendida y lo cogiste con gracia.
Te dije: ¡Pide un deseo! Y deseé con todas mis fuerzas que
ese deseo fuera yo, tanto que casi me lo creí…
Pero entonces llegué hasta la esquina de la calle que bajaba
hasta tu casa, olvidé mis pensamientos y fantasías al darme cuenta de que ella
ya te esperaba en el portal. Iba más guapa que nunca con esa blusa azul, los
pantalones blancos ajustados y la rizada melena al viento. Pensé y supe que no
tenía nada que hacer contra ella y me retiré.
Simple y llanamente me retiré del camino. Volví a mi casa a
enjugar mis penas en aquel pastelito y cantarte el cumpleaños feliz arropada
por las sábanas y la manta, y callada por la almohada.
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