jueves, 24 de mayo de 2012

¡Prefiero vivir soñando!


Te pierdes, no encuentras sentido a nada, te ves frustrada por la agonía.
Pensar luego existir, ente luego esencia, inmutable, perfección pura, acto de ser...
Todo eso que no entiendes y nadie puede explicarte. Pero tú sabes que todas esas cosas significan mucho más, tienen más sentido en tu interior, cobran vida y te emergen hacia una realidad rara, distinta, de la que ni tu miedo ni tu cordura pueden alejarte.
Y cuando te elevas piensas en este mundo, inferior, imperfecto, lleno de cargas y de abismos, de caos y de dolor y sientes que no quieres volver, que no perteneces a él y te sigues elevando.
Entonces llegas a lo onírico, el lugar donde tu mente vuela libre y no tienes que temer a nada, un mundo en el que las sonrisas de verdad valen más que las palabras, donde la única explicación que tienes que dar es tu nombre, lugar en el que la libertad llega a su culmen y se hace partidaria de tus sentimientos.
Y es que en los sueños todo es perfecto, todo te envuelve y te llena de paz y gozo.
Mientras que la realidad siempre te lastima, te empuja a caer una y otra vez y a luchar por conseguir tus metas, por mantenerlas, por recuperarlas, incluso por perderlas...
Todo es difícil en ese mundo, o igual este, ya que hablo desde mi poca conciencia. Todo es vacío, nada es real, solo un enorme agujero negro llamado sociedad, que te invita con una sonrisa a ser parte de él, que te cautiva con sus palabras bonitas y luego, ¡plash! Cuando ya te tiene dentro no te deja escapar, cierra sus puertas y te hace esclava de lo que digan o piensen los demás.
¿Y dónde están mis palabras? ¿Dónde queda mi voz si por más que grito no logro escucharme, si solo somos unas pequeñas cucarachas en este mundo lleno de frustración y soledad?
Por todo esto quisiera elevarme, no volver jamás.
Y si ahora mismo me preguntases si viviría soñando, mi respuesta definitiva es sí, porque en los sueños puedo tener lo que quiero y cuando quiero, sin miedo a las consecuencias, al que dirán, y no tengo que sentirme encerrada por nada ni nadie.
No me siento oprimida por el manto de estrellas que cubre la verdad del asunto de ese mundo asolado, la falsedad.
Porque en sueño se puede vivir eternamente y mantener la edad que te gustaría. ¿Tú cuál elegirías? La infancia o la juventud.
Volver a ser niña, a cantar sin miedo a que nadie me de una voz o me levante una cadena con la que aferrarme.
Gritar, saltar todas las alcantarillas de la ciudad y volver a ver a tus padres como héroes perfectos, casi dioses que no pueden cometer errores, seres superiores. Verlos altos, muy altos, y tú su pequeña hormiguita a la que cuidan y quieren.
Volver a pensar que el mundo es justo y que no hiere, que las nubes son de algodón y no masas de agua que provocan precipitaciones, creer en los unicornios y que un día un hada madrina te presentará a tu príncipe apuesto, sincero, con el que nunca nunca nunca discutirás, pues todo te bastará con comer perdices y ser felices.
O bien la juventud, el momento en el que empiezas a conocer el mundo, en el que das tus primeros pasos como persona medio cuerda y te alejas de las faldas de tus padres para descubrir el mundo.
Un universo enorme en el que poder perderse y disfrutar, sobre todo disfrutar, sin miedo a nada, sin preocupaciones, sin llantos.
¡Oh eso si que sería una verdadera juventud!
Pero no es la realidad, no al menos en este mundo.
Así que me elevaré, me envolveré en mis ensoñaciones y quedaré absorta en ellas por siempre. Ellas son las únicas que nadie puede quitarme, en las que nadie puede meterse y en las que puedo ser yo realmente, sin ser juzgada, sin enfrentarme al mundo o estar al margen de la sociedad.

¡No me despertéis nunca! Hoy, mañana y siempre, ¡prefiero vivir soñando!

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