viernes, 22 de junio de 2012

Capítulo 2

Durante la comida Alberto supo esquivar todos los temas que tuvieran que ver con mi hermano. Después nos subimos un rato a hablar en mi cuarto de cuánto habían cambiado las cosas desde que éramos pequeños, de cómo los niñatos se rebelaban a sus padres y niñas con el tanga más ancho que la falda, ligaban con pre-universitarios.

Él me hacía sentir bien, viva. Realmente necesitaba a un amigo como él en estos momentos.

Desde que mi hermano se marchó para siempre de nuestras vidas no había encontrado la forma de hablar con ningún amigo, con mis padres, con nadie. Empecé a pensar que ya era hora de devolver algunas llamadas que tenía pendientes.

Al día siguiente, después de la universidad llamé a Elle y quedé con ella para tomar algo en el Mulligans. Lo pasamos bien. Nos pusimos al día y me contó algo de un chico nuevo al que había conocido. Echaba de menos esa sensación de estar arropada por mis amigos y Elle, ella sabía cómo hacer que me olvidara de todo lo malo. Tenía ese don.

Al volver a casa alguien me esperaba en la puerta. Alguien a quien hasta ese día, nunca había visto. Era un chico rubio, con unos ojos azules inmensos que centelleaban a la luz de la luna, su tez, más pálida que el gélido hielo, su nariz pequeña y sus labios jugosos como un pomelo. Vestía una chaqueta de cuero, un jersey azul y unos jeans bastante rotos por los bajos, junto con una cadena que colgaba de estos y unas zapatillas nike básicas.

Al verme se limitó a sonreír y levantó la mano como si nos conociéramos. Yo, entre asustada-conmocionada e ilusionada-enloquecida levanté la cabeza saludando y sonreí.

-¡Hola! Me llamo Gabriel. Era… bueno, era amigo de tu hermano. Yo… solo quería conocerte. Vine al entierro pero… no me atreví a saludar a nadie de tu familia.

-¡Ah! ¡Hola! –Dije. Ahora con cara de desilusión. En dos días había conseguido que mi estado de ánimo mejorara rodeándome de las personas que me habían ofrecido su apoyo incondicional y me habían hecho olvidar el tema de mi hermano durante un rato. Pero por lo que creía que iba a pasar, ese tema iba a volver de nuevo. Y no me iba a abandonar nunca.

-Siento… siento presentarme así. Ni si quiera sabía cómo hacerlo es solo que… bueno, quería conocerte.

-Claro. No importa. La verdad es que me extraña un poco todo esto. Pensaba que conocía a todos los amigos de mi hermano.

-Bueno, no salía con nosotros siempre. Somos… los amigos de la universidad. Salíamos con él de vez en cuando pero luego empezó a ser algo habitual.

-Entiendo.

-Tú hermano hablaba muy bien de ti. La verdad es que los otros chicos querían conocerte, todos lo queríamos. Pero él, bueno, ya sabes cómo era…

-Muy protector.

-Sí, exacto. Él no quería que ninguno de nosotros se acercara a ti.

-Y…ahora que no está. Piensas en venir a conocerme. –Me empecé a asustar. Mis palabras calaron en mí como si fueran la pista definitiva de un crimen, y yo no quería ser la futura víctima. Me empecé a echar atrás y abrí mi bolso lentamente para buscar el spray.

-Bueno. Solo quería darte el pésame en persona y decirte que me siento culpable.

-Vaya… - Esas palabras no me hicieron sentir mucho mejor. Terminé de abrir el bolso mientras le miraba fijamente, esperando que no se acercara a mí.

-Creo que te estoy asustando y no es mi intención. Debería explicarme. Tu hermano consumía drogas.

-¿Qué? No, no, no… Eso no es cierto…

-Sí, sí lo es, y yo también. Al principio de curso empezamos a irnos con unos chavales que fumaban porros.

-Bueno, no es que sean drogas duras.

-Sí, lo sé. Pero eso no fue todo… Empezamos a ir a unas fiestas, una tras otra y tras otra. Parecían no terminar nunca. A veces incluso las empalmábamos. Pero poco a poco dejamos de aguantar el ritmo del resto, queríamos sacarnos los exámenes y queríamos ir de fiesta. Las dos cosas eran… totalmente incompatibles.

-Así que, ¿qué? ¿anfetas?

-Bueno. Empezamos por unas anfetas para sacar el curso… ya sabes. Y luego la cosa empezó a desmadrarse un poco… Mira, solo sé que tu hermano debía dinero a unos tipos y que… puede que eso explique muchas cosas.

-¿Qué estás queriendo decir?

-Verás, creo que tu hermano…. –Dijo antes de que mis padres aparecieran de repente en la escena irrumpiendo con el coche.

-¡Hola mamá! ¡Hola papá!

-¡Hola cariño! ¿Podéis apartaros un poco?

-¡Oh claro! Lo siento. –Dijo Gabriel apartándose de la puerta.

-¿Tu amigo se va a quedar a cenar Marta?

-No, creo que ya se iba.

-Muy bien. Nos vemos dentro. –Dijo mientras el coche avanzaba hacia dentro del garaje.

-Creo que debería irme y… creo que tendríamos que hablar de esto en otro momento.

-Espera… dame tu número.

-¡Claro! –Dijo mientras sacaba una nota del bolsillo y lo apuntaba.

-Gracias. Mañana…mañana, ¿podría llamarte?

-Por supuesto. Esperaré tu llamada.

-Gracias por la visita aunque…

-Aunque haya sido rara…

-¡Exacto!

-No te preocupes. Yo no quiero hacerte daño. Era un gran amigo de tu hermano. Era un gran tipo. Era el mejor y… bueno, solo quería que lo supieras.

-Está bien.

-Sé que son duras las cosas que te he dicho pero creo que una hermana se merece la verdad. Y más si están tan unidos.

-Sí. Eso creo…

-La verdad es que… si estás dispuesta a escuchar… Quiero que sepas que las cosas que quedan por oír no son mucho mejores.

-Estoy dispuesta a escuchar.

-Muy bien. Esperaré tu llamada, entonces. ¡Adiós! –Dijo alejándose, mientras se encendía un cigarrillo.

Entré en casa hecha un mar de dudas, no sabía qué hacer en ese momento, me acababan de decir que mi hermano, la persona en la que más confiaba, mi modelo a seguir, consumía drogas, que debía dinero a unos tipos y que… y que eso explicaba muchas cosas. ¿Y qué cojones quería decir eso? ¿A caso la muerte de mi hermano no fue un suicidio? ¿Alguien tuvo algo qué ver?

La verdad es que por una parte la idea de pensar que tal vez mi hermano no se había quitado la vida me tranquilizaba, me hacía pensar que aún confiaba en mí cuando se fue, que si hubiera estado en depresión se hubiera abierto a mí como tantas otras veces y habríamos estado horas charlando en su habitación. Por otra parte, la idea de que consumiera drogas y debiera pasta a unos tipos, los cuales me imaginaba como armarios de tres puertas y navajas hasta en los codos, no me hacía especial ilusión. Más bien me atemorizaba, ¿querrían esos tipos su dinero y vendrían a por mi familia? ¿Vendrían a por mí? Uff…¡prefería no pensarlo!

Intenté hacer de todo para distraerme, ayudé a mis padres a colocar la compra, a mi madre a hacer la cena, puse la mesa, hablé con mis tíos, estuve viendo la tele, llamé a Anahí y estuvimos hablando largo y tendido. Pero cuando llegó la hora de dormir y la Luna resplandecía en el inmenso cielo, con ella llegaron mis dudas, mis preguntas, mis miedos… Acabé durmiéndome con una pregunta resonando aún en mi cabeza: ¿fue mi hermano asesinado?

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