domingo, 2 de septiembre de 2012

Capítulo 3 (Parte 1)


Y allí estaba yo, con la cara pegada al reloj y las dudas emergiendo en mi cabeza. Habían pasado diez minutos y seguía esperando con inquietud que Gabriel entrara por la puerta del bar.
Miraba a mi alrededor, el bar estaba decorado al más puro estilo de los dinner americanos de los 50, con asientos de cuero de color a rayas blanco y rosa, mesas cuadradas de metal con una sola pata que salía de su centro, y en cada una de ellas una cajita en la que por unos céntimos se podían escuchar los mejores temas de rock de la época, la típica barra metálica de bar americanas con sus correspondientes sillas altas de cuero rosas y botes de Ketchup y mostaza en casi todos los rincones de ella, televisión de pared decorada al puro estilo de los 50 (aunque de pantalla plana) con una película en blanco y negro emitiéndose en la gran pantalla, un teléfono de pared a uno de los lados de la barra, los típicos ventiladores de techo junto con lámparas de techo que culminan en una gran bola que alumbra la estancia, zócalos en blanco y negro en la parte media de las paredes que separaban la parte de arriba pintada de un rosa pastel y la parte de abajo pintada de azul claro, y cómo no, una gramola en la que curiosamente sonaba la canción “Hopelessly Devoted to You” de la película de Grease.
Justo en el momento en el que Olivia Newton John cantaba “I´m not in my head, hopelessly devoted to you”, Gabriel entró por la puerta, así que decidí que si algún día emprendía una relación sentimental con él, esa sería nuestra canción.
Volviendo a la realidad y abandonando dicha conversación mental estúpida, saludé a Gabriel.
-¡Hola! ¿Llevas mucho esperándome?
-No, solo un par de minutos.
-Lo siento, es que tenía unas cosas que hacer antes de venir aquí.
-No pasa nada.
-¿Has pedido algo para comer?
-No, aún no. Solo me he pedido este batido de vainilla. Estaba esperando a que vinieras para pedir algo.
-Bien. Pues miremos la carta entonces si quieres.
-La verdad es que no sé si tengo hambre. Estando en las circunstancias en las que estamos, no sé si quiero comer o no. Puede que me siente mal la comida por tus noticias.
-Bueno, como quieras. Entonces me pediré una birra.
-Me parece bien. –Dije sonriendo. Entonces Gabriel alzó sus portentosos músculos para llamar al camarero y éste se acercó a nuestra mesa.
-¿Sí? ¿qué desea?
-Un tercio por favor.
-¡Claro! Ahora mismo se lo traigo. –Dijo muy educadamente y se retiró con su bandeja a servir a dos mesas más y a buscar el tercio.
-Bueno. No sé si quiero preguntar pero, ¿por qué nos hemos reunido y por qué aquí?
-Bueno. Quiero hablarte de algunas cosas sobre tu hermano y la verdad es que me pareces encantadora y muy atractiva y, sobre el sitio, me gusta el ambiente, es acogedor y la comida una maravilla.
-Entiendo. La verdad es que había oído de sitios como este pero nunca había tenido el placer de haber estado.
-Imagino que lo que menos quieres es hablar sobre tu hermano así que si quieres aparcar el tema para otro momento, siempre podemos conocernos un poco.
-No, no, está bien. Solo deja que tome un poco de conciencia en el asunto es que… bueno, ya sabes, era mi hermano y esto es muy duro todavía para mí. Todo es muy reciente y las heridas no han sanado.
-Te comprendo perfectamente. Perdí a mi madre hace un par de años.
-Lo siento mucho.
-No pasa nada. Lo tengo medio superado, pero ya sabes, perder a alguien siempre es duro. Lo peor de todo es que mi padre y yo no nos llevamos especialmente bien así que…
-¡Vaya! Lo siento.
-Bueno. ¡No hablemos de mis problemas! Tenemos que tratar de cosas aún más importantes. Como ya te dije tu hermano y yo empezamos por unos simples porros pero las cosas se desmadraron bastante.
-Sí, ahí fue más o menos donde te quedaste la última vez pero, ¿cómo sabías que debía dinero a unos tíos y, por qué mi hermano no se lo contó a mis padres?
-Verás, tu hermano no quería implicaros, sabía que sería peligroso.
-¿Peligroso? ¿Es para tanto? ¿De qué se trata de una mafia organizada?
-Digamos que algo parecido.
-Antes de que me digas nada, quiero saber cómo empezó todo esto.
-Está bien. Por el mes de noviembre del año pasado más o menos empezamos con los porros, nada importante, la verdad. Luego siguieron las fiestas y más o menos por el día de reyes tomamos nuestra primera raya, después fiesta tras otra la cosa se fue desmadrando. Anfetas, alcohol, pastillas de Japón y un montón de mierda.
-Entiendo o… bueno, quiero entender.
-La cosa es que tu hermano lo empezaba a pasar mal, tenía problemas, no rendía en clase, parecía que su mundo se derrumbaba. Yo le intenté ayudar, pero no quiso ninguna ayuda el muy testarudo. Incluso le dije de dejar las drogas, que aún estábamos a tiempo para volver atrás. Pero no quería escuchar palabras, solo pensaba en fiestas, alcohol, drogas y todas esas mierdas. Se alejó de su chica, dejó a muchos amigos atrás, nosotros acabamos discutiendo, nos dejamos de hablar hasta que… -En ese momento el camarero irrumpió con su cerveza y Gabriel decidió seguir más tarde con la historia. Sin embargo, yo estaba dispuesta a interrumpir todo aquello.
-¡Vale! No sé si estoy preparada… -Dije entrecortada mientras una lágrima recorría mi mejilla.
-Lo siento. Ya te dije que no iba a ser algo fácil de oír. Si quieres paro y… no sé, hablamos de otra cosa o… simplemente me largo si no quieres que esté aquí. –Se sinceró. La idea de que se fuera era completamente remota para mí en aquellos instantes. Quería saber más, aunque la simple idea de que las cosas que me estaba diciendo se pudieran torcer, me pedía salir corriendo de allí. Aún así, una parte de mí se aferraba a Gabriel como si fuera la única salida. Sabía que conocer la verdad de mi hermano no me gustaría y que tampoco me lo devolvería, pero era mejor que vivir en la más completa ignorancia. Titubeé durante un rato, tal vez demasiado largo para lo que le hubiera gustado a Gabriel, que estaba impaciente mirándome, y entonces le respondí.
-No, quiero que me lo cuentes. De verdad. –Dije exhalando. Suspiró, miró mis manos, que no paraban de entrecruzarse, agitarse, moverse, acariciarse… ¡no sabía dónde meterlas!
-Bueno, está bien. Si así lo quieres.
-Sí, por favor, continúa. –Le pedí, mientras movía una y otra vez la pajita.
-Bueno, como te iba diciendo. Las cosas se desmadraban cada vez más, tu hermano no sabía controlar lo que pasaba a su alrededor, acabamos discutiendo, estuvimos mmmm no sé, tal vez dos meses sin hablarlos. Pero un día se presentó en mi casa. Parecía nervioso, no dejaba de mirar a todas partes, le temblaba el pulso, estaba bloqueado, parecía que ni si quiera sabía qué quería decirme y por qué estaba allí. Tenía unas ojeras enormes, barba de dos semanas y le faltaba una buena ducha... tenía realmente unas pintas demenciales…
-¡Vale! Creo que ya puedes dejar de insultar a mi hermano muerto en mi presencia. Muchas gracias. –Dije mientras me levantaba. Cogí el batido y antes de que se lo tirara a la cara Gabriel me interrumpió.
-Lo siento. Ahora entenderás que es importante para la historia, pero si quieres solo me ciño a los hechos y no a los detalles.
-Estaría bien, no te digo yo que no. –Anuncié firmemente, recomponiendo la compostura y regresando a mi sitio.
-Bueno… tu hermano tenía unas… -Me miró dubitativo y le devolví una mirada fría como el hielo.
-Vale, digamos que… tu hermano necesitaba pasar por casa… Así que en seguida comprendí que tenía el mono y que venía a pedirme dinero. Hablamos un rato, discutimos, arreglamos las cosas, le dije que le ayudaría a controlarse un poco pero… él volvió a rechazar mi ayuda y bueno, cansado de tanta mierda le acabé dejando 50 euros.
-¡Vaya! ¡Eso es mucho dinero!
-Lo sé, pero yo llevaba tiempo sin consumir y estaba trabajando por las tardes así que, ahorraba bastante. No te digo que no me jodiera prescindir de 50 euros, que después descubrí que me hubieran venido muy bien tener. Pero sabía que tu hermano me los devolvería.
-¿No decías que debía dinero a unos tipos?
-Y así era, pero a mí me lo devolvió en 2 semanas sin ningún problema. Supongo que la deuda que tenía con esos tipos era mucho más alta.
De repente y sin que nadie pudiera esperarlo Alberto entró en el local. Miró hacia un lado y hacia el otro hasta que dio con nuestra mesa y con enormes zancadas y alzando un puño americano se acercó a nosotros. Miró con enorme rabia a Gabriel y a mí con desdén. 

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