miércoles, 5 de septiembre de 2012

Capítulo 3 (Parte 2)


Gabriel se levantó en el acto vislumbrando las intenciones de Alberto. Yo me levanté con la mayor ligereza y rapidez posible y me interpuse entre los dos. Parecía estar en una disputa de lobos para descubrir quién era el macho alfa de la manada. Alberto le dijo a Gabriel que se tranquilizara, que había venido con buenas intenciones para llevarme a casa sana y salva, pero que si tenía que utilizar esto, (exclamó mientras levantaba el puño) lo haría sin pensárselo dos veces.
Gabriel empezó a reírse. Alberto le miró indignado. Yo no paraba de mover la cabeza de un lado a otro como si estuviera en un partido de tenis. Intuía lo que iba a pasar, Alberto era una persona con mucho temperamento y había venido al local con intenciones más que claras: sacarme de allí y echarme una buena bronca.
Sabía que Alberto estaba más que irritado por las risas de Gabriel, este, sin embargo, parecía de lo más tranquilo y socarrón. Pensé que no sabía la que se le venía encima. Alberto se enfurecía por momentos, empezaba a mover la pierna izquierda, parecía que iba a lanzarse en cualquier instante sobre Gabriel. Yo estaba extasiada, sabía que debía hacer algo pero estaba completamente bloqueada. Por primera vez desde la inesperada entrada de Alberto en el bar, me giré a contemplar a los allí presentes: una pareja cercana a nosotros habían dejado de comer y tenían los ojos directamente colgados del puño americano de Alberto, otro grupo más grande que parecían celebrar un cumpleaños, habían cesado sus continuos gritos y dirigían sus miradas a nuestro violento y desabrido trío, todo el mundo parecía estar atento a nuestro pequeño espectáculo. En ese momento se me ocurrió la estúpida ocurrencia de pedirles entrada. ¡Seguro que hubiera ganado más de 50 euros! ¡Pasen! ¡Pasen y vean! ¡Dos tontos muy tontos apunto de pegarse! ¡Pasen! ¡Venga pasen! ¡La sangre está apunto de derramarse!
Volviendo a la realidad y abandonando mis locos pensamientos, vi a uno de los camareros coger un bate y acercarse lentamente hacia nosotros. Si pasaba algo más de la cuenta, estaba preparado para intervenir. No entendí como en un dinner tan tranquilo como este, uno de los empleados fuera dueño de un bate, tampoco supe entender qué hacía Alberto aquí, cómo había sabido que había quedado con Gabriel en este lugar y de dónde había sacado aquel puño americano. Súbitamente Alberto lanzó el puño contra Gabriel y, antes de que este pudiera reaccionar, lo hice yo. Empujé a Gabriel para que el puño de Alberto no aterrizara en su nariz, pero Alberto volvió a la carga mucho más rápido de lo que yo esperaba y, cuando Gabriel iba propinarle una respuesta, se encontró con un puño justo delante de su cara. Parecía un combate de boxeo y yo no quería ser su árbitro. Me así al brazo de Alberto y empecé a chillar, con la esperanza de mitigar su próximo ataque.
Mientras tanto, un auténtico alboroto cubría el local: el camarero se acercaba ahora a la máxima velocidad permitida en un local lleno de sillas, mesas y gente revolucionada; algunos incluso cogían sus móviles para llamar a la policía, otros animaban como si estuvieran viendo una pelea de gladiadores en el Coliseo. La tranquilidad y la paz del local se había visto interrumpida y al área de resentimiento, rabia, sudor y sangre, se habían sumado todos los allí presentes.
Alberto sucumbió a mis gritos y a unos cuantos pellizcos que logré propinarle y se giró para mirarme. Logré ponerme en medio de los dos machos ibéricos antes de que volvieran a la barbarie. Juro que no soy una persona remilgada, pero en ese momento y con tantas efusiones a mi alrededor, no pude evitar derramar una lágrima y emitir un chillido ahogado de rabia y desconcierto. La turbación y el desasosiego se apoderaban de mi cuerpo y pude notar como todos se daban cuenta de ello, todos se callaron, el camarero del bate se paró en seco y los dos cabritos aún por domesticar se giraron para ver qué me pasaba.
Yo estaba apunto de explotar, estaba blanquecina y mareada, derramaba alguna que otra lágrima y respiraba con gran rapidez y dificultad, emitiendo sonoros suspiros. Eso era fácil de comprobar porque mi torso se movía al compás de mis respiraciones, mi tripa subía y bajaba a gran velocidad, mis pechos botaban al compás de mi corazón y mis hombros se movían de arriba a abajo descontrolados. Parecía que iba a desmayarme y creo que todos pensaban lo mismo porque Alberto y Gabriel me agarraron con fuerza y me sentaron al mismo tiempo en el sofá, del que antes me había levantado con tanto nerviosismo.
Una vez parecía que las cosas se había calmado, el camarero terminó de acercarse e invitó no muy amablemente a mis compañeros a que se fueran. A mí me ofreció un vaso de agua y escoltarme a casa si lo necesitaba, o bien, llamar a la policía para que lo hicieran ellos. Le di las gracias por el ofrecimiento y le dije que no hacía falta que me acompañara a casa, que me iría con el caballero de la nariz rota. Me levanté, dejé lo que serían diez euros en la mesa sin preocuparme del cambio, y salí disparada hacia la puerta, siguiendo a uno de los hombres.
Cuando salí a la calle aún estaban discutiendo. Aún así me alegré de que se hubieran calmado un poco y de que estuvieran más lejos que antes. Les recomendé que pararan porque sabía que algunos clientes habían llamado a la policía. Entonces Alberto intervino:
-¡Venga! ¡Vámonos! He traído el coche, te llevaré a casa.
-¿¡Qué!? ¡No pienso ir a ningún sitio contigo! ¡Te has comportado como un auténtico estúpido!
-¡Oye Marta, tú no lo entiendes! Ese tipo no es de fiar, no deberías estar con él. Tu hermano… ¡tu hermano quería que te protegiera!
-¡Muy bien! Pues siento darte la mala noticia pero, ¡mi hermano no está aquí! –Anuncié alzando la voz.
-¡Y por eso mismo estoy yo aquí! ¡Tengo que cuidarte!
-Siento decirte que sé cuidarme solita. –Me giré para irme con Gabriel. Había pensado que si no tenía coche le podía acercar a casa, pero primero quería pasar por urgencias para que vieran su nariz. Me daba miedo que fuera algo más que un poco de sangre por la nariz y la conmoción. Pero en ese momento Alberto me apresó el brazo.
-¡No puedes marcharte! ¡No te vayas con él! ¡Le pegaré tanto como haga falta para que no te vayas con él! –Replicó. Estaba perpleja, no podía creer lo que mis oídos acababan de escuchar, no podía creer lo que estaba presenciando, incluso llegué a pensar que se trataba de una broma pesada. Alberto se comportaba como un auténtico estúpido.
-¿¡Eso es lo que pretendes hacer!? ¿¡Noquearle!? No, no. Es imposible que estés hablando en serio. ¡Vámonos de aquí! –Le sugerí a Gabriel. En ese instante volvió a salir el camarero del bate, con el bate asido a la mano, para recordarnos que era mejor que nos alejáramos de allí.
-¡Claro! Ya nos íbamos. –Afirmé. Después miré a Gabriel y empecé a caminar sin girarme a mirar a Alberto. Gabriel empezó a caminar a mi lado. Alberto se quedó parado en seco, pero pronto empezó la marcha y  nos siguió en un último intento por impedirme que me fuera con Gabriel. No sabía qué mosca le había picado, pero se estaba volviendo majara. El comportamiento empleado por Alberto en el bar, rotundamente, no era habitual en él.
-¿Has traído coche?
-No, lo tengo en el taller.
-Bueno, no importa, te llevaré a casa. Pero primero creo que debemos pasar por urgencias, eso no tiene buena pinta.
-Ya, lo sé. ¿Tienes algún pañuelo?
-Sí, has tenido suerte. Últimamente llevo muchos en el bolso por si… bueno, por si me entra la llorera.
-Lo siento. –Dijo avergonzado.
-Gracias. –Sonreí. Alberto se introdujo entre nosotros y evitando la presencia de Gabriel, me miró directamente. Me paré y respondí su mirada.
-Te ruego que no te vayas. –Me pidió, mucho más calmado, con la voz serena y mirándome directamente a mis ojos llenos de rabia, mientras que los suyos engullían desconcierto.
-Alberto, voy a irme. Alguien debería llevarle al médico, le has dado una buena.
-Está bien. Llámame al menos cuando llegues a casa para saber que estás bien.
-¿¡Por qué debería hacerlo!? –Pregunté exasperada.
-Por favor, solo me preocupo por ti. –Dijo en un tono suave y amable y, acto seguido, volvió a inundarme con esos ojos llenos de ternura, confusión y arrepentimiento. Me apenó verle tan confuso y no sé, sería el cariño que le tenía o esos ojos que me decían que nunca había roto un plato, una nariz ni nada parecido. Pero acabé cediendo.
-Está bien, te llamaré cuando llegue.
-Gracias. Ten cuidado.
-Descuida. –Dije mientras me giraba y caminaba hacia mi coche. Gabriel no dijo nada, solo siguió hacia delante. Cuando ya habíamos cruzado un paso de cebra miré hacia atrás y comprobé que ahí seguía Alberto, viendo cómo nos alejábamos, puede que, para asegurarse de mi bienestar.

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