Gabriel se levantó en el acto vislumbrando las
intenciones de Alberto. Yo me levanté con la mayor ligereza y rapidez posible y
me interpuse entre los dos. Parecía estar en una disputa de lobos para
descubrir quién era el macho alfa de la manada. Alberto le dijo a Gabriel que
se tranquilizara, que había venido con buenas intenciones para llevarme a casa
sana y salva, pero que si tenía que utilizar esto, (exclamó mientras levantaba
el puño) lo haría sin pensárselo dos veces.
Gabriel empezó a reírse. Alberto le miró indignado. Yo
no paraba de mover la cabeza de un lado a otro como si estuviera en un partido
de tenis. Intuía lo que iba a pasar, Alberto era una persona con mucho
temperamento y había venido al local con intenciones más que claras: sacarme de
allí y echarme una buena bronca.
Sabía que Alberto estaba más que irritado por las
risas de Gabriel, este, sin embargo, parecía de lo más tranquilo y socarrón.
Pensé que no sabía la que se le venía encima. Alberto se enfurecía por
momentos, empezaba a mover la pierna izquierda, parecía que iba a lanzarse en
cualquier instante sobre Gabriel. Yo estaba extasiada, sabía que debía hacer
algo pero estaba completamente bloqueada. Por primera vez desde la inesperada
entrada de Alberto en el bar, me giré a contemplar a los allí presentes: una
pareja cercana a nosotros habían dejado de comer y tenían los ojos directamente
colgados del puño americano de Alberto, otro grupo más grande que parecían
celebrar un cumpleaños, habían cesado sus continuos gritos y dirigían sus
miradas a nuestro violento y desabrido trío, todo el mundo parecía estar atento
a nuestro pequeño espectáculo. En ese momento se me ocurrió la estúpida
ocurrencia de pedirles entrada. ¡Seguro que hubiera ganado más de 50 euros!
¡Pasen! ¡Pasen y vean! ¡Dos tontos muy tontos apunto de pegarse! ¡Pasen! ¡Venga
pasen! ¡La sangre está apunto de derramarse!
Volviendo a la realidad y abandonando mis locos
pensamientos, vi a uno de los camareros coger un bate y acercarse lentamente
hacia nosotros. Si pasaba algo más de la cuenta, estaba preparado para
intervenir. No entendí como en un dinner tan tranquilo como este, uno de los
empleados fuera dueño de un bate, tampoco supe entender qué hacía Alberto aquí,
cómo había sabido que había quedado con Gabriel en este lugar y de dónde había
sacado aquel puño americano. Súbitamente Alberto lanzó el puño contra Gabriel
y, antes de que este pudiera reaccionar, lo hice yo. Empujé a Gabriel para que
el puño de Alberto no aterrizara en su nariz, pero Alberto volvió a la carga
mucho más rápido de lo que yo esperaba y, cuando Gabriel iba propinarle una
respuesta, se encontró con un puño justo delante de su cara. Parecía un combate
de boxeo y yo no quería ser su árbitro. Me así al brazo de Alberto y empecé a
chillar, con la esperanza de mitigar su próximo ataque.
Mientras tanto, un auténtico alboroto cubría el local:
el camarero se acercaba ahora a la máxima velocidad permitida en un local lleno
de sillas, mesas y gente revolucionada; algunos incluso cogían sus móviles para
llamar a la policía, otros animaban como si estuvieran viendo una pelea de
gladiadores en el Coliseo. La tranquilidad y la paz del local se había visto
interrumpida y al área de resentimiento, rabia, sudor y sangre, se habían
sumado todos los allí presentes.
Alberto sucumbió a mis gritos y a unos cuantos
pellizcos que logré propinarle y se giró para mirarme. Logré ponerme en medio
de los dos machos ibéricos antes de que volvieran a la barbarie. Juro que no
soy una persona remilgada, pero en ese momento y con tantas efusiones a mi
alrededor, no pude evitar derramar una lágrima y emitir un chillido ahogado de
rabia y desconcierto. La turbación y el desasosiego se apoderaban de mi cuerpo
y pude notar como todos se daban cuenta de ello, todos se callaron, el camarero
del bate se paró en seco y los dos cabritos aún por domesticar se giraron para
ver qué me pasaba.
Yo estaba apunto de explotar, estaba blanquecina y
mareada, derramaba alguna que otra lágrima y respiraba con gran rapidez y
dificultad, emitiendo sonoros suspiros. Eso era fácil de comprobar porque mi
torso se movía al compás de mis respiraciones, mi tripa subía y bajaba a gran
velocidad, mis pechos botaban al compás de mi corazón y mis hombros se movían
de arriba a abajo descontrolados. Parecía que iba a desmayarme y creo que todos
pensaban lo mismo porque Alberto y Gabriel me agarraron con fuerza y me
sentaron al mismo tiempo en el sofá, del que antes me había levantado con tanto
nerviosismo.
Una vez parecía que las cosas se había calmado, el
camarero terminó de acercarse e invitó no muy amablemente a mis compañeros a
que se fueran. A mí me ofreció un vaso de agua y escoltarme a casa si lo
necesitaba, o bien, llamar a la policía para que lo hicieran ellos. Le di las
gracias por el ofrecimiento y le dije que no hacía falta que me acompañara a
casa, que me iría con el caballero de la nariz rota. Me levanté, dejé lo que
serían diez euros en la mesa sin preocuparme del cambio, y salí disparada
hacia la puerta, siguiendo a uno de los hombres.
Cuando salí a la calle aún estaban discutiendo. Aún
así me alegré de que se hubieran calmado un poco y de que estuvieran más lejos
que antes. Les recomendé que pararan porque sabía que algunos clientes habían
llamado a la policía. Entonces Alberto intervino:
-¡Venga! ¡Vámonos! He traído el coche, te llevaré a
casa.
-¿¡Qué!? ¡No pienso ir a ningún sitio contigo! ¡Te has
comportado como un auténtico estúpido!
-¡Oye Marta, tú no lo entiendes! Ese tipo no es de
fiar, no deberías estar con él. Tu hermano… ¡tu hermano quería que te
protegiera!
-¡Muy bien! Pues siento darte la mala noticia pero,
¡mi hermano no está aquí! –Anuncié alzando la voz.
-¡Y por eso mismo estoy yo aquí! ¡Tengo que cuidarte!
-Siento decirte que sé cuidarme solita. –Me giré para
irme con Gabriel. Había pensado que si no tenía coche le podía acercar a casa,
pero primero quería pasar por urgencias para que vieran su nariz. Me daba miedo
que fuera algo más que un poco de sangre por la nariz y la conmoción. Pero en
ese momento Alberto me apresó el brazo.
-¡No puedes marcharte! ¡No te vayas con él! ¡Le pegaré
tanto como haga falta para que no te vayas con él! –Replicó. Estaba perpleja,
no podía creer lo que mis oídos acababan de escuchar, no podía creer lo que
estaba presenciando, incluso llegué a pensar que se trataba de una broma
pesada. Alberto se comportaba como un auténtico estúpido.
-¿¡Eso es lo que pretendes hacer!? ¿¡Noquearle!? No,
no. Es imposible que estés hablando en serio. ¡Vámonos de aquí! –Le sugerí a
Gabriel. En ese instante volvió a salir el camarero del bate, con el bate asido
a la mano, para recordarnos que era mejor que nos alejáramos de allí.
-¡Claro! Ya nos íbamos. –Afirmé. Después miré a
Gabriel y empecé a caminar sin girarme a mirar a Alberto. Gabriel empezó a
caminar a mi lado. Alberto se quedó parado en seco, pero pronto empezó la
marcha y nos siguió en un último intento
por impedirme que me fuera con Gabriel. No sabía qué mosca le había picado,
pero se estaba volviendo majara. El comportamiento empleado por Alberto en el
bar, rotundamente, no era habitual en él.
-¿Has traído coche?
-No, lo tengo en el taller.
-Bueno, no importa, te llevaré a casa. Pero primero
creo que debemos pasar por urgencias, eso no tiene buena pinta.
-Ya, lo sé. ¿Tienes algún pañuelo?
-Sí, has tenido suerte. Últimamente llevo muchos en el
bolso por si… bueno, por si me entra la llorera.
-Lo siento. –Dijo avergonzado.
-Gracias. –Sonreí. Alberto se introdujo entre nosotros
y evitando la presencia de Gabriel, me miró directamente. Me paré y respondí su
mirada.
-Te ruego que no te vayas. –Me pidió, mucho más
calmado, con la voz serena y mirándome directamente a mis ojos llenos de rabia,
mientras que los suyos engullían desconcierto.
-Alberto, voy a irme. Alguien debería llevarle al
médico, le has dado una buena.
-Está bien. Llámame al menos cuando llegues a casa
para saber que estás bien.
-¿¡Por qué debería hacerlo!? –Pregunté exasperada.
-Por favor, solo me preocupo por ti. –Dijo en un tono
suave y amable y, acto seguido, volvió a inundarme con esos ojos llenos de
ternura, confusión y arrepentimiento. Me apenó verle tan confuso y no sé, sería
el cariño que le tenía o esos ojos que me decían que nunca había roto un plato,
una nariz ni nada parecido. Pero acabé cediendo.
-Está bien, te llamaré cuando llegue.
-Gracias. Ten cuidado.
-Descuida. –Dije mientras me giraba y caminaba hacia
mi coche. Gabriel no dijo nada, solo siguió hacia delante. Cuando ya habíamos
cruzado un paso de cebra miré hacia atrás y comprobé que ahí seguía Alberto,
viendo cómo nos alejábamos, puede que, para asegurarse de mi bienestar.
Oh es una pasada siguiente capitulo, cielo!
ResponderEliminarMuchísimas gracias! Dentro de nada estará el siguiente!
EliminarIncreíble , me quedo con ganas de más!
ResponderEliminarMuchas gracias!
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